Europa,
Modernidad y Eurocentrismo.
La modernidad desde el
paradigma eurocéntrico es la que divide la historia en Antigua, Media y
Moderna. A lo que fue llamado por el filósofo, una liberación una construcción ideológica de
la historiografía europea.
En esta visión eurocéntrica,
la modernidad aparece situada en la Edad Moderna y es producto de una evolución
que, si se quiere, se puede rastrear desde la antigüedad. Para los europeos la
historia es la línea Grecia- Roma- La Edad Media- El Renacimiento- La Reforma-
La ciencia moderna del siglo XVII- La Ilustración- La Revolución Francesa.
Desde este paradigma la modernidad es “exclusivamente” europea, “que se va
desarrollando desde la Edad Media y se difunde posteriormente en todo el mundo”
. Su consolidación se da en el siglo XVIII.
El
exponente de esta visión es Hegel en sus famosas “Lecciones sobre
filosofía de la historia universal”., en este texto Hegel inicia la historia en oriente y la
culmina en Alemania. África y América quedan por “fuera” de la historia del
espíritu “universal, habla de la
historia como la exposición de la
razón en el tiempo e historia del desarrollo de la libertad. En Hegel, el
proceso apunta hacia la Ilustración, y tiene como momentos constitutivos la Reforma
de Lutero, la Ilustración alemana y la Revolución Francesa. Hegel llega a tener
una visión cercana de la “Historia Universal”, pues resalta a Francia,
Inglaterra, Dinamarca y Alemania como el “corazón” de Europa. Sin embargo, es
Alemania la realización del espíritu. Según el autor incluso Hegel les da el “derecho
absoluto” a los pueblos del Norte sobre los demás pueblos del mundo, esto es,
Hegel legitima el colonialismo desde su filosofía .
El paradigma eurocéntrico es
que supone que la modernidad es un proceso que se da exclusivamente en Europa,
gracias a un desenvolvimiento interno posibilitado por su racionalidad; la
modernidad se concibe como un proceso intraeuropeo que luego se dispersa; la
modernidad es autopoiética, se desarrolla en Europa sin ningún contacto con
otras culturas. para Dussel representa una
construcción ideológica que se remonta a los románticos alemanes del siglo
XVIII, así la antigüedad se conecta con
la Edad Media, con el Renacimiento, con el siglo XVII y llega hasta ellos. En
esta visión eurocéntrica: ¿dónde queda España, Portugal, el mundo árabe? Ellos
quedan por fuera de la “Historia universal”.
El eurocentrismo y la línea
Grecia- Roma- Edad Media- Renacimiento- Modernidad, no es correcta. Es un
reduccionismo histórico.
Gran parte de las
instituciones de la democracia griega se encuentran en Egipto, Fenicia y
Caldea, entre ellas, la palabra justicia, (Diké), que significa “aldea”; hubo
antes de Grecia reflexiones éticas, sólo que sin formalizar; asimismo, Grecia
perteneció siempre más a Oriente que Occidente y su filosofía influyó
profundamente más en el mundo árabe donde leyeron primero a Aristóteles que en
la Europa occidental de hoy, e incluso desarrollaron ciencia, conocimientos
médicos; por lo tanto no fue una cultura
inferior a la europea. La influencia de Grecia en la Europa Latina es menor
debido a la división del Imperio Romano por Teodosio y la posterior caída de
Imperio Romano de Occidente en el año 476 de nuestra era. La filosofía griega
había ingresado a Roma con Cicerón (106-46 a.n.e) y, dígase de paso, que la
filosofía que ingresó a Roma fue la estoica y la epicúrea, pues lo romanos
siempre estuvieron más interesados en cuestiones prácticas que en
especulativas.Esto facilitó la recepción del cristianismo en el Imperio Romano.
La influencia de Grecia en la actual Europa Occidental se encontró también con la prohibición de
Justiniano de enseñar filosofía en el año 529 de nuestra era: “A causa de ésta
persecución muchos de los textos filosóficos griegos se perdieron, pero otros
se salvaron en las bibliotecas sirias, adonde fueron llevados por los filósofos
que habían huido de Atenas” . Todo esto permite plantear que la línea
Grecia-Roma-Edad Media- Renacimiento- está referenciada en la historiografía europea y
que corresponde a “helenocentrismo”,
pues Grecia siempre fue más de Oriente. Esto no significa que parte del
pensamiento griego no haya sobrevivido para la Europa Latina. De hecho fue así
en San Agustín.
El helenocentrismo que
Dussel critica la obra Paidea, los
ideales de la cultura griega: “Por muy alto que estimemos las realizaciones
artísticas, religiosas y políticas de los pueblos anteriores, la historia de
aquello que, con plena conciencia, podemos denominar nosotros cultura, no
comienza antes de los griegos” .
El helenocentrismo de Jaeger lo encontramos
tempranamente en la famosa obra de Diogenes Laercio, del siglo II d.C. quien en
su libro Vida de los filósofos más ilustres, una de las principales fuentes
para el estudio del pensamiento griego, sostiene: “Quienes opinan esto,
atribuyen a los bárbaros, en forma ignorante, las ilustres acciones de los
griegos, entre los cuales no sólo comenzó la filosofía, sino también la
humanidad”.
El Imperio Bizantino es mezcla de ideas
cristianas, griegas y Orientales. Este Imperio floreció durante varios siglos,
pero fue lentamente arrinconado por los musulmanes que después del siglo VII,
con la muerte de Mahoma, se expande y se convierte en un imperio mucho más
grande que el Bizantino. De hecho son los musulmanes los que dominan el
panorama hasta el siglo XV y parte del XVI. Los musulmanes invaden la península
de Anatolia en el año 1071 y llegaron hasta la actual Europa Oriental; dominaban
el Norte de África y desde el 711 estaban en España. Era una provincia
encerrada y política y técnicamente no era superior. Fue la invasión de 1071 la
que originó las Cruzadas hacia Tierra santa la que empezó a “desprovincializar”
a Europa a lo que se le llamo el “Tercer sistema Inter-regional” que comprendía
Asia-África y el Mediterráneo. Este sistema abarcaba China, la India, el mundo
árabe; Italia era apenas una conexión occidental de ese “sistema interregional”.
Fue gracias a los árabes
como gran parte de la filosofía griega llegó a la Europa latina. Especialmente
gracias a las traducciones, los estudios y comentarios de filósofos como
Avicenas, Averroes, Maimónides.
El hecho decisivo en esta
época es la toma de Constantinopla en 1453. Con esta invasión los europeos
quedaron encerrados y perdieron su acceso al “Sistema interregional III”. La
prueba de que el “Sistema interregional III” era el mundo hegemónico, la
constituye el hecho de que Europa quería ir hacia allá y que culturas como
China, explica el autor, no tenía ningún interés en ir hacia Europa. Según
Dussel, incluso: “los chinos se dirigieron hacia el Este, llegaron hasta
Alaska, y parece que hasta California y aún más al sur, pero al no encontrar
nada que pudiera interesar a sus comerciantes, y al alejarse más del “centro”
del sistema interregional, abandonaron seguramente la empresa” .
Con la toma de 1453 Europa
queda sitiada, por eso se buscan rutas alternas hacia Oriente. Es ahí cuando
Portugal inicia sus descubrimientos en África e incluso consigue en 1498 con
Vasco de Gama pasar por debajo del continente negro y llegar hasta el “centro”
del “Sistema interregional III”. Con todo, Europa inicia su Renacimiento en los
siglo XIII y XIV, pero éste no hubiera sido posible sin el concurso árabe, sin
los aportes en filosofía y sin el comercio que llevó al florecimiento de las
ciudades italianas como Piza, Amalfi, Génova, Venecia y del considerado centro
cultural e intelectual del Renacimiento: Florencia. Sin el mundo árabe la
llamada “vuelta” al mundo griego no hubiera sido posible. De tal manera que la
línea que inicia en Grecia y culmina en el Renacimiento en la visión europea
tradicional es un reduccionismo histórico e ideológico creado por los mismos
europeos. ¿Dónde queda la especificidad de Grecia como una cultura más
oriental?, ¿dónde quedan los aportes de los musulmanes? Sencillamente quedan
invisibilizados de (y en) la historia.
Ahora, ¿cuál es, entonces,
la situación en 1492? En este momento existe un “sistema interregional”
dominante, hegemónico, compuesto por las conexiones China, India, mundo árabe,
mundo bizantino ruso, etc., y una Europa latina provinciana, encerrada, que no
es centro todavía del mundo y que en la Edad Media tampoco lo había sido. Es
aquí cuando irrumpe España, la cual se vincula a la mentalidad portuguesa e
italiana de la época: una mentalidad aventurera favorecida por el advenimiento
de la clase burguesa naciente. El problema era que España no podía ir a Oriente
por el sur de África. Ese monopolio lo poseía Portugal. Es ahí cuando apoyado
en los conocimientos cartográficos y de navegación de la época, Cristóbal
Colón, un navegante genovés, vislumbra la idea de ir al Oriente (al “Sistema
interregional III) por el Atlántico, suponiendo que la tierra era redonda. En
ese camino se tropieza con América, una extensa tierra que él imaginó
pertenecía a Asia. Colón murió ignorante al respecto.
1492 es la fecha clave para
Enrique Dussel. En este momento no hay modernidad, si bien sus condiciones de
posibilidad se vienen gestando desde las ciudades italianas y, en general, como
lo han demostrado historiadores de la talla de Henri Pirenne y José Luis
Romero, desde el siglo XI. Dussel no desconoce ni niega este hecho. Lo
interesante, pues, del “descubrimiento” de América, es que le permite al
filósofo argentino radicado en México plantear el segundo paradigma de la
modernidad mencionado: “el paradigma mundial”. Y se resalta la palabra mundial
porque sólo a partir de 1492 la historia se vuelve un “sistema-mundo”. Para
Dussel, la modernidad nace en 1492. Veamos por qué.
Wallerstein, con gran
influencia de Fernando Braudel, cambió la perspectiva tradicional como se leía
el capitalismo. El aporte del libro consistió en poner de presente que el
sistema–mundo, entendido como el conjunto de redes y circuitos comerciales
surgidos con los descubrimientos en los siglos XV y XVI, ayudaba a
“desprovincializar” a Europa, pues lo que interesaba en adelante era ver las
relaciones mundiales del capital y el estudio de las periferias, las
semiperiferias y los centros. El libro mostraba el impulso que tomó el
capitalismo una vez se reemplazó el Mar Mediterráneo por el Océano Atlántico,
con lo cual la historia se hizo por primera vez “Historia mundial”. Es decir,
aquí el sociólogo norteamericano daba un paso esencial para la crítica del
eurocentrismo, aspecto que será de suma importancia en la obra del Dussel de
los años 90 .
Dussel acude al concepto de
sistema-mundo para mostrar que la modernidad no es producto de fenómenos
intra-europeos, sino que es una experiencia mundial, no local. Es mundial en el
sentido de que se constituyó gracias a las redes marítimas y comerciales desde
1492. Ahora el mundo abarca del Norte al Sur y del Oriente a Occidente. Por eso
para el argentino, la modernidad nace en 1492: “Proponemos una segunda visión
de la ‘Modernidad’, en un sentido mundial, y consistiría en definir como
determinación fundamental del mundo moderno el hecho de ser (sus estados, ejércitos,
economía, filosofía, etc.) “centro” de la Historia Mundial. Es decir, nunca
hubo empíricamente Historia Mundial hasta 1492 (como fecha de iniciación del
sistema-mundo). Anteriormente a esta fecha los imperios o sistemas culturales
coexistían entre sí. Sólo con la expansión portuguesa desde el siglo XV, que
llega al extremo oriente en el siglo XVI, y con el descubrimiento de América
hispánica, todo el planeta se torna el ‘lugar’ de ‘una sola’ Historia Mundial
(Magallanes-El cano da la vuelta de circunvalación a la tierra en 1521)” .
Los análisis de Dussel van
más allá de esta formulación. Para el filósofo de la liberación, España es el
primer Estado moderno. Esto se explica por una nueva variación sobre el
concepto de modernidad. En efecto, Dussel habla de la existencia de dos
modernidades. La primera inicia en 1492 y ocupa todo el siglo XVI. En esta
modernidad son protagonistas Italia, Portugal y España. Estos dos últimos, con
sus conquistas en América, van a posibilitar la “segunda modernidad” que
corresponde a los siglos XVII y XVIII. En la tradición europea sólo se reconoce
esta segunda modernidad. Y sólo se reconoce la modernidad de los siglos XVII y
XVIII porque América, Portugal y España han quedado por fuera. Pero esta
posición debe corregirse según Dussel, pues gracias a Portugal y a España,
Europa logra ponerse como “centro” del “sistema-mundo” moderno, un centro que
posibilita la única modernidad que Europa ha reconocido, esto es, la segunda.
El papel jugado por España y
por Portugal le permitió a Europa realizar lo que Marx llamó la “acumulación
originaria del capital”, que se empieza a consolidar con el mercantilismo de la
época. Pero no sólo esto, pues todos reconocen el papel que jugó el oro
Americano en Europa. Se habla de la
conquista será esencial en la constitución del ego moderno, pero no sólo como
subjetividad, sino como subjetividad ‘centro’ y ‘fin’ de la historia”. Esa
subjetividad se constituyó con la periferialización del otro, labor que primero
hizo España en el “sistema-mundo”.
Para Dussel Portugal y
España, junto con América, son constitutivos de la modernidad, no verlo así es
eurocentrismo etnocéntrico, porque fue clave en la constitución de la
subjetividad europea. Esa subjetividad ibérica no era una subjetividad
protestante, burguesa, sino renacentista-humanista y católica (basta pensar en
el humanismo de Las Casas), fue la primera subjetividad moderna del
“sistema-mundo”. La primera modernidad creó una subjetividad que se difundió
por Europa como con los cronistas. En
este momento se impuso una visión de América como lo bárbaro, lo
salvaje. Así Europa elimino imaginarios,
creencias, símbolos, formas de producir conocimientos, lenguas, tradiciones
orales.
La tradicional modernidad europea de los
siglos XVII y XVIII no hubiera sido posible. El siglo XVIII bebe de las
experiencias, conocimientos, avances técnicos, etc., del siglo XVI. El siglo
XVII es un siglo rico gracias al oro de América. Pero también la Europa del
siglo XVII ha construido una subjetividad a contra luz de la experiencia
portuguesa, española y americana. Holanda fue uno de los principales, ya que
escribe Descartes su “Discurso del método” y en la cual vivió Spinoza, fue la
potencia que sustituyó a España en la centralidad del sistema-mundo del siglo
XVII, desde ese momento se desato el eurocentrismo.
Con el siglo XVI Europa,
como ya se dijo, gracias a sus experiencias y al oro de América, concentró el
capitalismo en su suelo. Todo el mundo periférico quedó dependiente de ese
capitalismo. Desde que Europa, gracias a la “ventaja comparativa” facilitada
por el “descubrimiento” de 1492, se impuso como centro, creó relaciones
estructurales desiguales capitalistas. La desigualdad favorecía a Europa y los
dominados quedaron dependientes, hasta hoy, de ese capital. Los dominados
fueron los Otros, el bárbaro, el indio, el negro, etc. Las actuales estructuras
del capitalismo global, lo que se llama mundo subdesarrollado, también el mundo
más pobre, son los bárbaros clasificados así desde la primera modernidad de la
que habla Dussel.
Para Enrique Dussel con 1492
surge también el “mito de la modernidad”.
Aparece España y Portugal. En el mito de la modernidad “se autodefine la
propia cultura como superior, más desarrollada, por otro lado, se determina a
la otra cultura como inferior, ruda, bárbara, siendo sujeto de una culpable
inmadurez. De manera que la dominación (guerra, violencia) que se ejerce sobre
el Otro, es en realidad, emancipación, utilidad, bien del bárbaro que se
civiliza, que se desarrolla o moderniza de su propia victimación, y
atribuyéndose el sujeto moderno plena inocencia con respecto al acto . En esto
consiste el mito de la modernidad, en un victimar al inocente (al Otro)
declarándolo causa culpable victimario. Ginés de Sepúlveda representa el mito
de la modernidad en ambos sentidos. Es necesario evangelizar, así sea por la
fuerza, a los indios, quienes son culpables de su inmadurez y, por otro lado,
es deber de los españoles hacerlo. El español aparece inocente y así se
justifica la violencia emancipatoria.
En estas mismas conferencias
de 1992, Dussel amplió su análisis. Sólo que aquí no se refiere al “mito de la
modernidad” que incluiría a España y Portugal, sino al mito de la “segunda
modernidad” que es el que ha practicado la modernidad eurocéntrica y es el
único que se reconoce y acoge en las academias que lo reproducen. Allí dice (y
cito in extenso): “el mito podría describirse así: a) la civilización moderna
se autocomprende como más desarrollada, superior (lo que significa sostener sin
conciencia una posición ideológicamente eurocéntrica). b) La superioridad
obliga a desarrollar a lo más primitivos, rudos, bárbaros, como exigencia
moral. c) El camino de dicho proceso educativo de desarrollo debe ser el
seguido por Europa (es, de hecho, un desarrollo unilineal y a la europea, lo
que determina, nuevamente, sin conciencia alguna, la “falacia desarrollista”).
d) Como el bárbaro se opone al proceso civilizador, la praxis moderna debe
ejercer en último caso la violencia si fuera necesario, para destruir los
obstáculos de tal modernización (la guerra justa colonial). e) Esta dominación
produce víctimas (de muy variadas maneras), sacrificio que es interpretado como
un acto inevitable, y con el sentido casi ritual del sacrificio; el héroe
civilizador inviste a sus mismas víctimas del carácter de ser holocaustos de un
sacrificio salvador (del colonizado, esclavo africano, de la mujer, de la
destrucción ecológica de la tierra, etc.). f) Para el moderno, el bárbaro tiene
una culpa (el oponerse al proceso civilizador) que permite a la modernidad
presentarse no sólo como inocente sino como emancipadora de esa culpa de sus
propias víctimas. g) Por último, y por el carácter civilizatorio de la
modernidad, se interpretan como inevitables los sufrimientos y sacrificios (los
costos) de la modernización de los otros pueblos atrasados (inmaduros), de las
otras razas esclavizables, del otro sexo por débil…” .
El autor llama “falacia desarrollista”. Ésta falacia
implica la “violencia sacrificial” de la modernidad. Consiste en la creencia
eurocéntrica de que todos los pueblos del planeta deben cumplir el mismo desarrollo
histórico, sus etapas.En Hegel encontramos esa falacia desarrollista; eso es el
eurocentrismo. Pero si se observa con más detalle, la falacia desarrollista
equivale no sólo al desarrollo del espíritu, sino, en otros campos, al
desarrollo social, económico y político. Se puede asimilar al progreso. Es
decir, todas las culturas deben desarrollarse, modernizarse, cumpliendo las
mismas etapas de Europa.
La categoría de progreso es
una creación de las ciencias modernas, en especial, durante la segunda
Modernidad. Ésta noción se expandirá en la Ilustración, e influirá en hombres
como Condorcet, Turgot, Kant, Hegel, Augusto Comte y Marx.
En las teorías
contractualistas del siglo XVII, lo que se conoce como “estado de naturaleza”
es, en realidad, el mundo salvaje, primitivo, arcaico premoderno, incivilizado,
etc., de la periferia. Esa imagen llega a Europa, como ya se dijo, a través de
los cronistas españoles. La civilidad o el Estado representan, pues, un estadio
superior de la humanidad, una superación de la barbarie. En esas nociones
contractualistas aparecerán ya nociones económicas. Por ejemplo, en Locke la
propiedad es un derecho natural que se posee aún en el “estado de naturaleza”;
en Rousseau, el “buen salvaje” no tiene la carga peyorativa que transmitieron
ciertos cronistas.
La categoría de progreso fue
difícil de fundamentar en Europa. Fue necesario suponer que todos los hombres
tienen una idéntica naturaleza humana, unas mismas necesidades y que su vida se
puede representar en un continuo ascenso y lucha por superarlas. La escasez,
por ejemplo, sólo era superada cuando la economía de subsistencia diera paso a
la economía de mercado. Fundamentar el progreso requirió suponer también que el
hombre asciende en el tiempo (ya que espacialmente no se podía sostener tal
afirmación) desde una condición inferior a una superior. El progreso es visto
como una línea temporal de constante perfeccionamiento del hombre. Es así como
la periferia aparece como parte de un pasado que antecede a la Europa moderna.
El europeo vio en el aborigen, no sólo de América sino en el africano o
asiático, su propia vida primitiva y salvaje. Sintetizando: “el imaginario de
progreso según el cual todas las sociedades evolucionan en el tiempo según
leyes universales inherentes a la naturaleza o al espíritu humano, aparece así
como un producto ideológico construido desde el dispositivo de poder
moderno/colonial” . Ese concepto se construyó en Europa gracias a los
etnógrafos, y se reforzó con el concurso de otras ciencias como la
antropología, la paleontología, la arqueología, la historia, etc. Al estudiarse
el pasado de las civilizaciones periféricas, sus productos culturales e
instituciones se elaboraron comparaciones con respecto al mundo Europeo y,
naturalmente, todo lo periférico apareció como inferior, como el pasado que
debía ascender en su desarrollo histórico a la situación del colonizador.
Enrique Dussel ha realizado
una deconstrucción del eurocentrismo y ha replanteado la modernidad misma. Esto
no surge o consolida en los siglos XVII y XVIII, sino que surge en 1492 con el
“descubrimiento del Nuevo Mundo (para Dussel decir “Nuevo” ya es etnocéntrico,
pues ¿Nuevo para quién?) que le permitió a Europa ponerse como centro de la
historia posterior. Dussel habla de dos modernidades: la primera comienza en
1492 y se extiende a lo largo del siglo XVI. Ésta constituye la base del capitalismo
y de la subjetividad europea (que luego deviene burguesa); la segunda
modernidad se da a partir del siglo XVII y es producto, no causa u origen, de
más de un siglo de modernidad. Ésta segunda modernidad, y su filosofía, no
hubiera sido posible sin el siglo XVI (pensemos en los aportes de Francisco
Suárez a la filosofía europea). Se ha mostrado también que en la primera
modernidad surge el “mito de la modernidad” el cual es creado en la conquista
española (que junto con Portugal y la misma América también son constitutivos
de la modernidad). Este mito fue asumido por Europa como “centro” del sistema
mundo y lo ha “exportado” a las otras culturas asumiendo así la “falacia
desarrollista”. Con todo, lo que no se comprende en las lecturas tradicionales
de la modernidad, es que ella fue producto del “sistema-mundo” y no sólo la
evolución o desarrollo interno de Europa. Precisamente lo que ha hecho Europa,
con su mito eurocéntrico, es ocultar la participación de otras culturas, como
la americana, africana, árabe o asiática en la constitución de la Modernidad.
Este punto es sumamente problemático, porque en la medida que se oculta que la
modernidad surge del “sistema-mundo” se
sostiene el colonialismo.
El autor se refiere a “El ‘eurocentrismo’ de
la Modernidad es exactamente el haber confundido la universalidad abstracta con
la mundanidad concreta hegemonizada por Europa como centro”. Esto lleva a que
si no se ve la modernidad desde una perspectiva mundial y no eurocéntrica, se
cae en un provincianismo ciego. El eurocentrismo consistió en volver la
provincia europea modelo de la universalidad, de la mundialidad.
Enrique Dussel ha dicho que
al cogito cartesiano del siglo XVII antecede lo que él llama el ego conquiro
(yo conquistador) de la modernidad, un ego que ubica con Hernán Cortés y su
conquista de México en 1519. Si bien las conquistas se habían iniciado antes,
es el “descubrimiento” de América el que lo lleva a su máxima expresión porque
contiene la lógica del dominio, de ser “señor del mundo”. El ego conquiro se
expresa en la conquista y ésta es “un proceso militar, práctico, violento, que
incluye dialécticamente al Otro como ‘lo mismo’. El Otro en su distinción es
negado como Otro y es obligado, subsumido, alienado a incorporarse a la
totalidad dominadora como cosa, como instrumento, como oprimido…” .
El autor dice: “la primera relación fue de
violencia: una relación militar de Conquistador-Conquistado […] La primera
experiencia moderna fue de la superioridad cuasi-divina del Yo europeo sobre el
Otro primitivo, rústico, inferior. Es un Yo violento-militar que codicia, que
anhela riqueza, poder, gloria” .
La conquista de México es
una expresión de la subjetividad moderna, que ya asume el “mito de la
modernidad” Cualquiera que avance hasta el siglo XVII encontrará ya, por
ejemplo, la relación del poder con la riqueza y la visión burguesa del hombre
(Hobbes), la relación del saber con el poder (Bacon) o el entronamiento del Yo,
como punto absoluto y como seguridad para enfrentarse al mundo (Descartes). Por
eso para el autor argentino, lo que hace la filosofía del siglo XVII es una
“formalización” de muchos aspectos que ya se venían presentando desde siglos
atrás y donde otros eran específicos del “descubrimiento” o posibilitados por
él. Es decir, en el siglo XVII se produce eso que Max Weber llamó racionalización
y que es acogido por un defensor de la modernidad como Habermas. Esa
formalización que se empezó a dar desde el siglo XVII buscó- oígase bien-
gestionar el “sistema-mundo” creado desde 1492. Para ello, Europa como “centro”
debió “efectuar o aumentar su eficacia por simplificación. Es necesario
realizar una abstracción (favoreciendo en quantum en desmedro del cualitas),
que deja por fuera muchas variables válidas (variables culturales,
antropológicas, éticas, políticas, religiosas; aspectos que son valiosos aún
para el europeo del siglo XVI), que no permitían una adecuada, factible o
técnicamente posible gestión del sistema mundo. Estas simplificación de la
complejidad abarca la totalidad del mundo de la vida de la relación con la
naturaleza (nueva posición ecológica y tecnológica, no teleológica y desde una
razón instrumental), ante la propia subjetividad (nueva autocomprensión de la
subjetividad consciente), ante la comunidad (la individualidad como nueva
relación intersubjetiva y política) y, como síntesis, nueva actitud económica
(la posición práctico productiva del capital)” .
Todo esto lo hicieron en
verdad los pensadores del siglo XVII. Por ejemplo, la razón instrumental, si
bien el término fue puesto a circular por la Escuela de Frankfurt, ya se
encuentra en Thomas Hobbes que, siguiendo a Descartes, concibe el Estado como
una máquina . Eso es claro cuando concibe la razón como un calcular, como suma
y resta . Asimismo, Max Horkheimer ha puesto de presente que Descartes (junto
con Maquiavelo) exponen una teoría del Estado elaborada para los nuevos retos
que debe enfrentar el naciente Estado burgués . Hay que repetir, pues, que la
simplificación necesaria para la eficaz gestión del sistema mundo-mundo de la
que habla Dussel, fue lo que Max Weber desarrolló en su vasta obra. Además,
esto permite decir que la llamada racionalización del Estado moderno es también
“producto” de más de un siglo de modernidad. Sin desconocer que la
racionalización es un proceso concomitante al capitalismo.
La anterior es la crítica de
Dussel hace una crítica de poder hegemónico y cultural a la modernidad y al eurocentrismo europeo. . Un cuestionamiento que se forma desde las
interpretaciones de la historia occidental y que genera conceptos
de que el viejo mundo ha creado para leer su pasado, su tradición y para
sustentar su autoproclamada superioridad.